Retratos
 
 
 

En todas las sociedades del mundo, el retrato es una de las formas de expresión artística más populares y perdurables. La bella Niña con pendiente de perlas, de Vermeer, la enigmática Mona Lisa, de Da Vinci, el heroico George Washington, de Gilbert Stuart, el profundo Retrato de Gachet, por Van Gough, el sensual estudio de Georgia O’Keeffe, por Stieglitz, los inquietantes e introspectivos autorretratos de Frida Kahlo y muchísimas obras más dentro de este género atraen a millones de personas que visitan anualmente los museos de nuestro país y del extranjero. Casi todos nosotros podemos identificarnos con el retrato como expresión artística que nos permite vislumbrar la mente tanto del artista como del sujeto y descubrir el lugar y el tiempo en que vivieron.

El retrato tiene una larga y rica tradición en la América Latina. Durante más de 2,000 años se han empleado retratos para preservar el recuerdo de difuntos, proporcionar continuidad entre vivos y muertos, reforzar la posición social de la aristocracia, conmemorar hazañas de los poderosos, promover la carrera de políticos, marcar los hitos de la vida humana y ridiculizar los símbolos del status quo.

Investigaciones arqueológicas recientes revelan que los moches del antiguo Perú hicieron retratos de personajes durante diferentes etapas de su vida y los distribuyeron por todo el territorio, posiblemente para reafirmar el poder de los linajes gobernantes. Subsisten hoy miles de retratos moche que agregan una especial dimensión humana a nuestra percepción de esta cultura excepcionalmente rica. Los mayas clásicos de México y Centroamérica pintaron retratos conmovedores sobre vasijas cilíndricas, o los esculpieron en barro y estuco en las fachadas de edificios importantes para conmemorar acontecimientos especiales de la realeza. Más tarde, pintores mixtecas crearon códices de gran colorido con interesantes retratos de sus héroes culturales, como 8 Garras Tigre/ Venado, dejando constancia gráfica de sus conquistas. En muchos retratos de la época precolombina en la América Central no se establecen distinciones físicas, pero en cambio contienen elementos que identifican a personas individuales, como vestidos e insignias especiales o glifos de nacimiento.

Durante el virreinato (1520-1820) el retrato se empleó como símbolo del poder de la Corona española en América. Otros retratos de la época mostraron la riqueza y posición social de hombres y mujeres que controlaban la economía y la sociedad en tiempos coloniales. El artista puertorriqueño José Campeche creó retratos artísticos de mujeres aristocráticas montando caballos ricamente adornados y repitió la composición varias veces, variando solamente la identidad del sujeto y el color de los arreos del caballo. Entre los retratos más excepcionales de la época virreinal en México se encuentran los de “monjas coronadas”, pintados pocos días antes del ingreso de estas jóvenes en la vida enclaustrada como última manifestación de vanidad a las puertas de una vida que las privaría de los lujos de este mundo. Retratos genéricos de esta época trataron de crear en América un orden social ideal e imaginario mediante una serie de “pinturas de casta”, interesantes sin dejar de ser inquietantes porque delineaban meticulosamente los grupos raciales latinoamericanos, colocando a los españoles nacidos en la península ibérica al tope del sistema social.

A medida que las repúblicas latinoamericanas lograron su independencia de España, Francia y Portugal, próceres como Toussaint l’Ouverture, Simón Bolívar, San Martín, Hidalgo, Morelos y otros pasaron a simbolizar el rompimiento de los vínculos coloniales y sus retratos fueron las piedras angulares, en lo emocional y lo político, para construir y mantener los nacientes gobiernos y las nuevas identidades nacionales. Unas décadas más tarde, Benito Juárez en México y José Martí en Cuba, tan audaces como aquellas figuras, seguirían el mismo camino.

En otros retratos de la época, de menor contenido político, se ven niños con su juguete o mascota favoritos, dirigentes provinciales de levita y señoras luciendo faldas de crinolina. Algunos son muy similares a los retratos de los pintores “limner” de Nueva Inglaterra en el siglo 19. Muchos retratistas del mismo período, como Bustos y Estrada, mostraron con total honestidad todas las imperfecciones de sus clientes. Otros, en cambio, se ganaron el sustento pintando románticos retratos de niños que habían fallecido, conservando su recuerdo para aliviar el dolor de sus padres y hermanos.

El retrato latinoamericano del siglo 20 recoge en esculturas y pinturas oligarquías profundamente arraigadas, audaces revolucionarios y ganadores de premios Nóbel. Retratistas satíricos como Botero, Covarrubias y José Guadalupe Posada ridiculizan la sociedad latinoamericana, por lo general para deleite de todos menos los sujetos de sus obras.

Asimismo, en el siglo 20 ganaron popularidad los autorretratos. La relación dinámica entre el artista como sujeto y el sujeto como artista suele abrir una ventana a la psiquis de los autores, revelándonos un aspecto de su alma que de otra manera habría permanecido oculto. Nadie en este siglo tuvo tanto éxito como Frida Kahlo, cuyos autorretratos muestran descarnadamente toda una vida de dolor, traiciones, sufrimiento y celos.

Esta exposición presenta por primera vez una visión de conjunto del retrato latinoamericano en gira por todos los Estados Unidos. La exposición nos permite apreciar esta tradición en toda su profundidad y amplitud, analizando el impacto de esta manifestación artística en las sociedades representadas. RETRATOS: 2,000 AÑOS DE RETRATOS LATINOAMERICANOS analiza temas delicados, como el retrato “genérico” frente al “individualista/ realista.” También examina los conceptos del retrato “psicológico” y la preocupación del artista por captar el “carácter” y la “personalidad” del sujeto. La exposición comprende unos 100 retratos ejecutados en diferentes medios, procedentes de México, América Central y del Sur, el Caribe y los Estados Unidos.

 


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